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ColumnaOpinión

“El final tan esperado, o se van por su propia impericia o se quedan producto de un Autogolpe de Estado”

Las cortinas de humo que el Gran Equipo intenta a diario duran menos que las metas de inflación que propone. Aunque intoxiquen a algunos distraídos, las bombas de estruendo de los amarillos cada vez hacen menos ruido. Quien se preocupe en serio por la amenaza de secuestro al papá de la vice Michetti merece un lugar destacado en el podio de la ingenuidad. Aunque las argucias pergeñadas en la usina PRO son cada vez más obvias, logran impactar en algunos incautos que se enteran de las cosas pero jamás se informan. La subestimación es tan obscena que el público colonizado debería empezar a reaccionar. O por lo menos, subir un poco la vara del entendimiento para no facilitar tanto el engaño.

El éxito de la manipulación depende, en parte, de la potencia de los medios dominantes y de la habilidad oficial para construir consenso. Sin embargo, puede fracasar cuando el espectador empieza a activar sus filtros, cuando el contraste entre las ficciones informativas y la experiencia cotidiana se torna evidente, cuando el despertar de la conciencia transforma al individuo en ciudadano. Si la manipulación triunfa es por la buena disposición del que está del otro lado.

El olfato puede ayudar: ni en las comedias más tontas un secuestrador revela sus intenciones de manera tan imprudente en un lugar como Laprida y con un blanco tan elevado. Este nuevo capítulo del Cambio busca consenso con la victimización de siempre y la alarma por el enemigo interno que tanto se esfuerzan por construir. Un personaje hostil que puede tomar la forma de un mapuche, un militante social, un trabajador disconforme, un sindicalista o de cualquiera que obstaculice los oscuros planes del Ingeniero y sus secuaces. Los esfuerzos de las plumas ilustres del establishment para hacer del Papa Francisco un personaje peligroso y detestable forman parte de esta perversa treta. Y muchos fieles se dejaron llevar hasta afirmar que no les “gusta tanto este Papa”.
Con tanto poder confundidor, la pantalla puede despertar odios de temporada e implantar ideas insostenibles en el teleadicto. Odio hacia personas que ni conocen por historias que no entienden o hechos que no ocurrieron. Tomar posición con el único sustento de un titular es el atajo hacia la incomprensión absoluta. En paisajes cotidianos ya nadie menciona a la ex procuradora Alejandra Gils Carbó, aunque meses atrás, cuando la prepotencia PRO quería quitársela de encima por mera venganza, su nombre era masticado con furor. En breve, el nombre de la fiscal Gabriela Boquín –la que investiga la estafa que la familia presidencial realizó con el Correo- estará en boca de todos como la enemiga de turno.

Mientras tanto, Eugenio Zaffaroni surge en la escena como un golpista confeso.

Si el juez Ariel Lijo ordenó la captura de la entrevista con un temible operativo policial en Radio Caput es por inocultable obsecuencia, pues podría haber accedido al audio en internet, como cualquier vecino. Todo para amedrentar y marcar la cancha. De “apología del crimen” acusan al ex Supremo y actual juez de la CIDH, como si estuviera para pergeñar golpes de Estado. ¿Dónde quedó aquello de “no perseguir al que piensa distinto”? Que Zaffaroni haya expresado su deseo de que este gobierno termine cuanto antes “porque nos está llevando a una catástrofe social” no es la reivindicación de ningún delito.

Y la sugerencia de un juicio político tampoco vulnera la Constitución. Nadie imputó a Macri como golpista cuando dijo en agosto de 2010 que “habría que tirar a Kirchner por la ventana porque no lo aguantamos más”. Ni tampoco se lo acusó de nada al aplaudir la destitución de Dilma Roussef en Brasil por delitos no demostrados. Y nadie se asombra de que confabule con el Imperio para provocar la caída de Nicolás Maduro en Venezuela.

Si predecir el dramático desenlace de esta tragicomedia es golpismo, deberían procesar a muchos analistas económicos que encienden las alarmas hasta en los medios oficialistas. La caída del consumo, la baja en las exportaciones, el cierre de fábricas, la desocupación alentada desde la Rosada SA y la inflación provocada por los tarifazos y la desregulación, más la transferencia de recursos desde los sectores más pobres hacia los más ricos, son los ingredientes de un estallido cercano. A esto hay que agregar el crecimiento descomunal de la deuda externa hasta superar los 150 mil millones de dólares y la espada de las Lebacs –que ya regaló ganancias superiores a los 20 mil millones- para que no queden dudas. Este oscuro panorama no tiene en cuenta los innumerables conflictos de intereses –una versión refinada de la corrupción- que involucran a casi todos los funcionarios por operar en beneficio de las empresas de procedencia.

Ellos se presentan como iluminados demócratas después de conquistar la presidencia a fuerza de promesas que no pensaban cumplir y fábulas alucinadas con formato denuncista. Ellos se plantan como defensores de las instituciones cuando las han pisoteado con decretos y ostentación de fuerza. Ellos denuncian golpismo a pesar de haber mamado ideas y divisas de la dictadura. Ellos hablan de apología del delito aunque no sepan cómo disimular el deseo de exculpar a los genocidas en pos de una hipócrita reconciliación.
Desear que este gobierno termine cuanto antes debería ser un acto de patriotismo porque estos desaforados están desmadrando todo. Si este modelo continúa más allá de 2019, despidámonos de la dignidad que alguna vez estuvo entre nosotros. Además, los deseos populares no desembocan en golpes, sino en revoluciones y el argentino está muy lejos de eso. Los golpes siempre provienen del Poder Económico y sus acólitos porque tienen la capacidad para desestabilizar cualquier proyecto que intente una distribución más justa de las riquezas. De eso no hay peligro porque Macri gobierna como un fiel servidor de las apetencias de esa minoría avarienta.

Este plan vampírico deja afuera a más de la mitad de la población porque no aspira a otra cosa que convertir al país en una colonia agroexportadora, como más de cien años atrás. Como confesó María Eugenia Vidal con un fallido histórico el día que conquistó la gobernación de Buenos Aires: “cambiamos futuro por pasado”.

¿Cómo no desear que esta pesadilla termine si los amarillos esgrimen la represión como única herramienta para solucionar los conflictos? ¿Cómo no desear eso si reivindican los abusos policiales y convierten en héroes a los que asesinan a indefensos por la espalda? ¿Cómo, si desmantelan el Estado para dejar todo en manos del Mercado? ¿Cómo no querer adelantar los tiempos si los que prometían integrarnos al mundo pasan papelones en los foros internacionales y los atropellos a los DDHH son titulares en todos los idiomas? ¿Cómo no estar en contra de un mandatario que conquistó las urnas con el “sí, se puede” para aplicar un modelo que sólo reparte imposibilidades para la mayoría? ¿Cómo soportar mucho más a alguien que pregona sobre la honestidad y la transparencia cuando amasó su fortuna con estafas y contrabando para esconderla en cuevas financieras?
Si esta banda de saqueadores debe abandonar el gobierno de manera anticipada, no será por los deseos del doctor Zaffaroni, sino por inoperancia, tozudez, entreguismo y sobre todo, por no contener sus pulsiones succionadoras. Entonces, nadie puede ser señalado como apologista cuando sólo anuncia un autogolpe.

Juan José Hernández