Ocho años atrás Gustavo, como lo conocían todos los que alguna vez se animaron a sacarle charla, a vencer el miedo de hablarle a ese hombre largo, de barba canosa y abundante que dormía rodeado de gatos entre las piedras de la Costanera de Mar del Plata, decidió dejar la ciudad. Le gustaba decir que ese camino rocoso, entre el mar y el boulevard marítimo Peralta Ramos, era su “guarida”, el lugar donde elegía vivir. Ahí, a la altura del Cabo Corrientes, lo encontraron muerto ayer.

Gustavo se despertaba con el primer sol, corría todas las mañanas, tenía el cuerpo bronceado, los pómulos surcados, las huellas de la intemperie en la piel. Saludaba a las caras conocidas, que eran muchas, después se sentaba a mirar a la gente pasar por la rambla, como quien queda absorto de cara al mar, pero al revés. Vivía de frente al océano, en un hueco entre las rocas, bajando la pendiente, en un rincón que no llega a verse desde la avenida. Su guarida.

En ese refugio siempre tuvo pocas pertenencias: dos colchones viejos, una radio portátil, un tupper grande con arroz para sus más de 20 gatos y varios baldes: uno con agua, otro con ropa, otro con libros. Los vecinos le llevaban abrigo y comida. No era un indigente, una persona que sin alternativa se había visto obligada a improvisar un techo entre las piedras. Él, contaba, elegía ese lugar todos los días. La última semana, sin embargo, no fueron pocos los que notaron su ausencia.

Según publicó anoche el diario La Capital de Mar del Plata, el cuerpo de Gustavo fue encontrado entre las piedras en la zona del Cabo Corrientes y se necesitó de los bomberos para rescatarlo. El caso quedó a cargo del fiscal Alejandro Pellegrinelli y este lunes se le realizará una autopsia para intentar determinar las causas de la muerte. En principio, publica el medio marplatense, no habrían intervenido terceras personas.

El año pasado, en una entrevista con Infobae, Gustavo había contado que no festejaba sus cumpleaños, ni la Navidad, que solamente estaba ahí, que no entendía cómo el resto podía estar “adentro”, en la ciudad, encerrados. A su alrededor los animales se manejaban con naturalidad, le pasaban cerca, sabía llamarlos, hacer que vinieran o desaparecieran entre las piedras. “Para mí los que tienen que estar encerrados son los autos que matan gente, no los gatos”, decía “el hombre de los gatos”, como lo conocían muchos marplatenses, clavando fijos los ojos azules.

“Elegí este lugar porque podía haber animales en estado salvaje, los gatos se pasean por acá y la gente los puede ver de cerca. Y no hacen falta rejas porque cuando ellos sienten ruido o algo enseguida se pueden meter para abajo, entre las piedras, están protegidos, en un hábitat”, contaba entonces y compartía el sueño de hacer un “Paseo de animales”, propuesta que llegó a llevarle a la Prefectura y al municipio de General Pueyrredón.

A partir de aquella entrevista, alguien en Banfield creyó reconocer en las fotos de la publicación los rasgos. “Estoy un 99,9% seguro de que es mi primo que desapareció hace 15 años”, le dijo en enero pasado David Rivas a Infobae. “Desapareció de un día para el otro y nunca más nadie supo más nada, la mamá lo buscó por todos lados, comisarías, hospitales, lo tomamos como que estaba muerto, esa es la realidad”, explicó, al tiempo que indagaba por referencias para poder encontrarlo en Mar del Plata.

En febrero él y un amigo se acercaron hasta el Cabo Corrientes con el único objetivo de encontrarlo, sin saber si iba a reconocerlo, cómo iba a reaccionar, ni siquiera seguro de si se trataba de la misma persona que estaba buscando. “Bajé, lo vi durmiendo entre las rocas en una reposera, no lo quería despertar pero mi amigo me insistió, ‘Gustavo’ lo llamé. Se levantó rápido, miró para arriba, nos vio a los dos, primero al que estaba conmigo, después a mí y me dice ‘qué hacés, loco’, me reconoció al toque”, repasó David.

Y siguió: “‘¿Sabés quien soy?’ le pregunté y me dijo ‘¿Cómo no te voy a conocer?’, se reía, empezó a trepar por las rocas, me abrazó, me dio un beso y al otro muchacho le pasó la mano. Charlamos un rato ahí abajo y después nos invitó para seguir charlando arriba, sobre la paresita de la vereda y ahí hablamos hasta que se hizo de noche”. Dos días pasaron juntos, David le presentó a su mujer, a su hijo de 3 años y le prometió que iba a volver. Guarda de recuerdo una foto robada que les sacaron mientras charlaban.

“Estamos hablando y mi hijo me pregunta ‘por qué llorás papá’, no sé que decirle la verdad, tengo un nudo en la garganta”, le confiaba a Infobae ayer a la medianoche David, a poco de enterarse por un mensaje de su hermana que acababan de encontrar muerto a Gustavo.

“Cuando lo vi me dijo que estaba bien, que así era como quería vivir, fuera de la sociedad”, recordó. “Le dije que mi mamá, que era la madrina de él, había muerto en 2015 y se le llenaron los ojos de lágrimas. No me animé a decirle que su mamá había muerto el año pasado”, confió.

Gustavo Edgardo Trigos tenía 54 y, aunque no festejaba sus cumpleaños, los había cumplido hace exactamente una semana. Creció en una casa de altos de Mar del Plata en la esquina de Formosa y Catamarca, que poco después de la muerte de su papá, la familia perdió. No se supo más nada de él. Desde 2011 vivía entre las rocas, junto a sus gatos, sin pedirle nada a nadie, con pocas cosas y sus propias reglas. Murió igual que como eligió pasar sus últimos años, del lado del mar.