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Además de la miel, la apicultura provee un servicio esencial para el planeta: las abejas son las grandes polinizadoras que garantizan la salud de los ecosistemas y las producciones agrícolas.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), aproximadamente dos terceras partes de las plantas cultivadas que se utilizan en la alimentación de los seres humanos dependen de la labor de estos insectos.

Por esa razón, la impactante información que el año pasado daba cuenta de la muerte de 72 millones de abejas en la provincia de Córdoba conmocionó al país. Semejante estrago generó pérdidas económicas por un valor de $1280 millones.

El alerta fue inmediato. Científicos y productores comenzaron a tomar nota de un fenómeno que se está produciendo hace años a nivel mundial.

Solo en Estados Unidos, durante 2017, se perdieron el 40% de las colmenas. En el mismo período, pero en Europa, la baja fue del 53%. Nuestro país no se quedó atrás en la carrera: entre 2010 y 2018 en Argentina desaparecieron un 44% de los panales.

Se trata de un daño que pone en riesgo no solo la biodiversidad sino también la mismísima alimentación del mundo. La polinización garantiza la reproducción de las plantas, la obtención de frutas, semillas y vegetales de mejor calidad y desarrollo. Se estima que más de un tercio de la producción mundial de alimentos depende de la actividad propagadora de los animales en general. En el caso de las frutas y hortalizas se incrementa en un 75 %, gracias fundamentalmente, a la polinización realizada por los insectos, entre los que se encuentran encabezando la lista, las abejas melíferas.

Hoy ya hay estudios que señalan que la Argentina pierde un 34% de colmenas de abejas por año, cifra que la convierte en el quinto país de América Latina en mortandad de abejas.

A la hora de encontrar las causas de esta devastación, los especialistas no dudan: el cambio climático y el uso de pesticidas. Cuando se expande un modelo de producción agrícola en conjunto con un paquete tecnológico ligado a los controles fitosanitarios o agrotóxicos, comienzan a surgir problemas como la contaminación de la miel. Ya se ha detectado, además de la mortandad de abejas, la aparición de polen transgénico en la miel.

Todo este fenómeno debe llevar a replantearnos el modelo de producción de la Argentina y el mundo. No podemos permitir que la codicia y la irresponsabilidad pongan en riesgo la biodiversidad planetaria y la alimentación mundial.