La paradoja se debe a la inflación y la decisión del Gobierno de usar el tipo de cambio oficial como “ancla” de precios, reforzar los controles sobre el mercado de cambios y postergar cualquier decisión cambiaria de fondo hasta, por lo menos, después de las elecciones legislativas de noviembre.
Según el “Currency Watchlist” (Observatorio de Divisas) que elabora el economista Steve Hanke, profesor de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, EEUU, al 27 de agosto, la moneda que más se depreció en términos nominales desde el 1 de enero fue el Bolívar de Venezuela: 98,76 por ciento. Luego le siguen la libra libanesa (-86,76%), el dólar de Zimbabue (-84,47), la libra sudanesa (-80,45), la libra siria (-73,10) y en sexto lugar el peso argentino (-57,69). El Top 10 de pérdida de valor nominal de la moneda se completa con el rial iraní, el manat de Turkmenistán, la birr de Etiopía y la naira nigeriana.
El ranking se parece mucho al “Índice de Miseria” que a principios de año había elaborado Hanke y publicado la revista conservadora The National Review” y está altamente correlacionada con las respectivas tasas de inflación.
A su vez, el peso argentino se siguió apreciando respecto del “dólar oficial” que manejan, con ayuda del cepo cambiario, Economía y el Banco Central, y continuaron “deslizando” por debajo del ritmo de inflación.
Según la consultora, “ante un stock limitado de reservas netas (rondan los USD 6.500 millones), el ritmo de drenaje de la última semana no es sostenible. Por eso, el Central pisó suavemente el acelerador y el crawling-peg del tipo de cambio oficial pasó de 12% a 17% (variación diaria anualizada) y no descartamos que cierre un poco el grifo para importadores”.
Como además Equilibra espera que el Gobierno siga aumentando el dólar oficial a un ritmo de entre 1 y 1,2% mensual hasta noviembre, el peso llegará a las elecciones con una apreciación real acumulada del 11 por ciento.
El “retraso” cambiario ha sido una práctica de varios gobiernos y gestiones económicas para combatir la inflación, con escasa fortuna. Lo intentó tanto Martínez de Hoz, entre 1979 y 1982, sin lograr que la inflación cayera por debajo del 100% anual; lo reiteró –aunque en un sistema institucionalmente más fuerte, como el régimen de convertibilidad– el gobierno de Carlos Menem desde 1991 y llegó a fines de 2001, con la Alianza en la Casa Rosada. Fue también parte de la política económica del kirchnerismo a partir de la mitad de la primer presidencia de Cristina Kirchner, y de la gestión de Mauricio Macri entre 2017 y la crisis de abril de 2018. En todos los casos, los resultados en materia de inflación fueron pobres, pero fueron justificados con el argumento de que una devaluación más rápida llevaría a una inflación aún más alta.
Los cálculos de Hanke se basan en cotizaciones nominales y en tasas de inflación estimadas en función de la “Paridad de Poder Adquisitivo”, que en el caso de la Argentina fue el año pasado tres veces más alta que la inflación oficial.
Tanto el ranking de monedas que más se deprecian como el de “miseria global” del académico de EEUU, un verdadero “halcón” monetario, ponen al tope a Venezuela y otros países con graves problemas internos. El Líbano sufrió en 2020 un episodio de hiperinflación y una explosión que devastó su capital, Beirut. Zimbabwue está bajo la dictadura de Emmerson Mnangagwa, un émulo de Robert Mugabe, que rigió entre 1980 y 2017, cuando lo derrocó el Ejército. Sudán es uno de los países más pobres del mundo y sufre una crónica escasez de agua y Siria atravesó una guerra civil en la que los insurgentes no pudieron prevalecer sobre el dictador Bashir.