Por el barrio Primavera del departamento de San Martín, en Mendoza, pasa una señora con el pan e indica dónde queda la casa de la familia Andrada. Así se manejan en este humilde asentamiento cuyano con calles de tierra, sin nombres ni numeración. Allí donde vivió y se formó como persona y jugador Esteban, el gran héroe en la final de la Supercopa Argentina.

Graciela, su mamá, abre las puertas de su casa. Ofrece pastelitos de membrillo y mate. Tiene devoción por su hijo futbolista tanto como por sus otros cinco. Esteban es el cuarto, por delante de Brunela (24), Lady (19) y Jesús (17); por detrás de Yanina (31), Gabriel (33) y otro mayor que falleció hace unos años, con unos pocos meses de diferencia de su padre, Mario. Un accidente vial le arrancó a su papá, quien fuera el guía de Gaby, el Aguja, quien también es futbolista (juega en Palmira de Mendoza). Esa pérdida lo desestabilizó emocionalmente, pero su madre le afirmó el suelo y enseñó el camino.

“Después de eso no quería ir más a entrenar y lo saqué zumbando. Primero lo mandé a cosechar para que viera que la vida no es fácil. Luego le insistí para que volviera a practicar en el club. Él sabía bien que yo agarraba cualquier changa para traer plata a casa y así alimentar a los 6 hermanos. Traía la mitad de lo que cobraba para la casa y la mitad se la quedaba él“, relata Graciela, quien relojea de fondo la repetición del partido entre Godoy Cruz y Boca del último domingo cada vez que escucha su apellido de casada.

Los pasillos de la villa La Horqueta fueron testigos de los primeros pasos de Andrada, tanto en la vida como en el fútbol. En una pequeña cancha ubicada en el centro del barrio lo empezaron a pelotear: lloviera, nevara o tronara, Esteban y su hermano Gabriel estaban con el balón ante la mirada de su papá. Y desde muy corta edad le tomó el gusto al arco.

Estuvo uno o dos años en el club Colonia, una escuela de fútbol en la que se hizo un nombre, justamente tras ser figura en una tanda de penales y consagrarse campeón, tal como sucedió anoche en el estadio Malvinas Argentinas. Pero no es la única anécdota de Andrada con los penales. Graciela, que interrumpió por unos instantes la nota para ver la entrevista televisiva que le hicieron a su hijo luego del triunfo xeneize ante el Tomba del pasado fin de semana, revivió otra con la ayuda de su hija Yanina.

“Antes de que Esteban se fuera de San Martín, llegó a jugar un partido en la Reserva con su hermano Gabriel. Siempre jugó en las categorías más grandes. En una jugada le hizo falta a un delantero y cobraron penal. ‘La conchitumadre, mirá lo que hacés!’, le dijo el Aguja. Pobre Esteban, no sabía dónde meterse”. Pero con la serenidad que lo caracteriza, atajó el penal y corrigió su error. “Tomá, para vos. Cerrá el orto”, le retrucó a su hermano, quien corrió feliz a abrazarlo. Desde niños fueron hermanos y amigos. Cómplices e inseparables.

Fue un amigo de la familia llamado Daniel el que golpeó las puertas del destino. Llevaba a su hijo a probar a Buenos Aires y la mamá del hoy arquero de Boca rompió el chanchito para que viajara junto a él. Graciela le tenía una fe ciega y, cuando volvió, ya lo estaban llamando de Lanús para ficharlo. Le dieron 200 pesos, se dirigieron hasta el centro de Mendoza y ahí Esteban gastó la mitad en un par de zapatillas. “Se compró unas truchas y cambió los 100 pesos que le quedaron para darme 50 a mí. Le insistí en que se los llevara, pero me obligó a gastarlos en comida para los hermanos”, recuerda con exactitud. Y acota, con el consentimiento de su hermana mayor y un par de amigos que encabezan la ronda de mates: “No cambió en nada, sigue siendo el mismo que cuando se fue de acá”.

Llegó el momento de la despedida después de una preparación psicológica previa. Su mamá le advirtió que sería difícil estar solo y a tanta distancia. La madurez a Andrada le llegó muy pronto: “Mirá mamá, yo tengo una meta que cumplir”. Cada 15 días, con la ayuda de su representante, Luciano Nicotra, su madre viajaba a Buenos Aires para cerciorarse de que todo estuviera bajo control. Pero el niño se convirtió tan rápido en hombre que en una de sus excursiones relámpago ni siquiera lo reconoció: “Llegué un día y le pregunté al entrenador dónde estaba mi hijo. Vi a un pibe de lejos y no podía creer que fuera él. Estaba tan alto, tan lindo… Se me vinieron a la cabeza todas las cosas duras que nos tocaron vivir”.

A Graciela se le hace un nudo en la garganta y se le empañan los ojos. Pero enseguida se recompone, va a buscar algunas fotos viejas y una bandera que le dedicaron a Esteban, y continúa la charla.

Como toda madre protectora, ella es intensa en cada partido. Se le escapa algún insulto al árbitro, al rival que le hace alguna falta, a los defensores de su equipo cuando no lo ayudan y hasta a él mismo cuando no agarra alguna pelota. La noche ante Cruzeiro en la que sufrió la doble fractura de mandíbula por el golpe de Dedé fue un segundo parto. Para evitar ponerse nerviosa, Graciela intentaba concentrarse en otras tareas hogareñas hasta que se percató de que el volumen de la televisión estaba muy bajo. Una de sus hijas había apretado el control remoto cuando vieron tumbado. “Mami, te voy a decir algo pero no te asustes, que el Esteban ya está bien”. El preámbulo no evitó su colapso nervioso.

Esa noche estuvo hasta las 5 de la mañana mensajeando a su hijo para ver cómo estaba. Ella tenía decidido viajar a Buenos Aires, a pesar de que había regresado de ahí hacía dos días. Esteban la pudo tranquilizar después de varios intentos: “Va a estar muriéndose en la cancha y no va a salir. ‘Si tengo que dejar la vida, la voy a dejar’, me dice. ¡El problema es que no puedo decirle nada porque yo soy igual!”.

Con su mamá también comparten ídolo: José Luis Chilavert. “Tenía una camiseta del bulldog, como la de Chilavert. A mí me encantaba por su forma de ser, el carácter. Era fanática y nunca se lo había dicho”. La transmisión fue genética porque cuando Andrada empezó a ver partidos del paraguayo, se enamoró. Y hasta se animó a patear tiros libres como él.

Hoy el experimentado guardameta xeneize tiene la ilusión de formar parte de la Selección Mayor, con la que acaba de debutar. Él es quien informa a su familia sobre cada convocatoria, ya que en el pasado se han llevado chascos por las informaciones de la TV y optaron por la data de primera mano.

“Él tiene que seguir su sueño, tiene que alcanzar lo que sea. Si cuando tenía 15 años lo dejé ir a Lanús quedándome sola con mis otros cinco hijos, ¿no lo voy a dejar ir a los 28? Que siga cumpliendo sus sueños, hay que dejar volar a los hijos”. Cuando le preguntan por el posible futuro europeo de su hijo, Graciela no titubea. Está feliz por su presente en Boca y de tenerlo relativamente cerca, aunque no oculta que su anhelo mayor fue en algún momento ir al Barcelona, que estuvo cerca de comprarlo cuando estaba en el Sub 20 argentino.

Andrada fue profeta en su tierra, gritó campeón en Mendoza. Ahora quiere sumar el título en la Copa de la Superliga y proyecta en la Libertadores. En el medio, puede llegar la citación para la Copa América. “Soñamos con que lo llamen. Si es así, a Brasil voy de cabeza”, concluye su mamá. Y sí, próximamente sacará pasajes.