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Fueron siete horas de audiencia: toda una proeza para un debate oral y público. Apenas un respiro para ir al baño o tomar un café, familiares sentados en silencio turnándose para escuchar en una sala colmada, y una jornada signada por la contundencia de los testimonios: así se vivió el puntapié del juicio de lesa humanidad “Contraofensiva Montonera” en el Tribunal Federal Número 4 de San Martín, que tiene a 9 represores de la última dictadura militar imputados por privación ilegítima de la libertad, tormentos y asesinatos entre 1979 y 1980.

“Esperamos más de 30 años, fue una causa que estuvo archivada y ahora lo vivimos con emoción. Tenemos un año de debate, así que no tenemos que agotar las energías”, decía en los pasillos un pariente de las 94 víctimas, intentando frenar la ansiedad, en uno de los breves intervalos que dispusieron los jueces Alejando De Korvez, Matías Mancini y Esteban Rodríguez Eggers.

Minutos antes, los miembros del Tribunal habían tomado una decisión polémica: dieron pie a una solicitud de la defensa y aceptaron el pedido de retirar a los 5 represores que estaban sentados en el banquillo –el resto siguió el debate por videoconferencia o se había ausentado de la audiencia por enfermedad-. De ese modo, la sala permaneció en un clima expectante que cerró horas después con el testimonio de Virginia Croatto, tercer y último testigo del día.

Autora del documental “La guardería”, contó su propia experiencia como niña en una guardería de Cuba que albergaba a los hijos de los montoneros. Allí su madre, Susana Brardinelli, era la responsable del lugar; mientras que a su padre lo habían matado en len septiembre de 1979 en Argentina. En efecto, Virginia Croatto declaró como hija de un padre asesinado por la dictadura. Armando Daniel Croatto era un cuadro de la rama sindical de la organización peronista, ex diputado nacional en el gobierno de Héctor Campora y que cayó en la Contraofensiva junto a otro jefe, Horacio Mendizábal, en una emboscada militar.

Fue el final de una audiencia agotadora. Todo había comenzado con la esperada declaración del ex líder montonero Roberto Perdía. En un relato de casi dos horas, “El Pelado”, como se lo conoce en los círculos de la militancia política, expuso con detalle sobre la logística de la Contraofensiva Estratégica Montonera y de su rol en la conducción desde el exilio.

Luego fue el turno de Daniel Vicente Cabezas, sobreviviente de la Contraofensiva, un testimonio tan dramático como esclarecedor de cómo operó el aparato de inteligencia del Ejército contra Montoneros.

Este juicio, en efecto, pone el foco en el accionar de los jerarcas de los batallones 601 y 201 de Inteligencia y del Comando de Instituto Militares, todos con base de operaciones en Campo de Mayo: Jorge Apa, Roberto Dambrosi, Raúl Muñoz, Jorge Bano, Eduardo Ascheri, Carlos Casuccio, Luis Firpo, Alberto Sotomayor y Marcelo Cinto Courteaux.

Nadie pudo permanecer ajeno a su relato. Sobrio, acompañado de una carpeta, Cabezas compareció durante más de una hora sobre su secuestro y cautiverio. Pero su historia no estuvo desligada de la tragedia familiar, que había comenzado en mayo de 1976 con la desaparición de su hermano Gustavo, militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). A partir de ese momento su madre, Thelma, inició su búsqueda. Tras vincularse con otras madres, fue una de las creadores de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas. Sería la continuidad de un derrotero fatídico: el terrorismo de Estado persiguió a sol y sombra a la familia Cabezas.

Daniel Cabezas se exilió en México en septiembre de 1976 y empezó a estudiar cine. Poco tiempo después, influenciado por la militancia política de su familia, se alistó a las filas del Movimiento Peronista Montonero. Desde el exterior, fue uno de los artífices en las denuncias sobre los crímenes de la dictadura en Argentina y participó en la impresión de la revista “Evita Montonera”.

-Éramos muy jóvenes, mi hermano tenía 17 años cuando lo chuparon. Yo, 23 –dijo ante el Tribunal, entre sollozos. Su voz languideció en varios tramos del relato-.

-¿Cómo fue que se sumó a Montoneros? –preguntó la fiscal Gabriela Sosti.

-Era consciente de lo que significaba Montoneros y que la lucha armada era una opción. Cuando me enteré de la Contraofensiva, siempre tuve en claro que arriesgaba mi vida y la de mi familia. Quería volver al país, militar en Argentina, luchar junto a mi vieja en la búsqueda de mi hermano.

-¿Y de qué modo se integró a la Contraofensiva?

-Fui a una reunión con Miguel Bonasso en un bar de México. Le expliqué que mi especialidad era el mundo audiovisual, y me dijo que ya tenía a muchos compañeros en esa tarea y entonces me recomendó quedarme en México. Pero al poco tiempo se abrió otra posibilidad y no lo dudé. Participé en el grupo que hacía propaganda y agitación política.

Pero la vida de Cabezas se interrumpió cuando detuvieron a su madre. Dice que en México se había encontrado con dos cuadros políticos como Adriana Lesgart y María Antonia Berger, “que para mí eran próceres”.

Tomó agua, miró fijamente a los jueces, y después de un largo silencio, dijo: “Mi madre había ido a México a denunciar lo que pasaba en el país y cuando regresó a Argentina, la secuestraron. Entonces empiezo a difundir en el exilio una campaña de denuncia por la desaparición de mi madre junto a Alfredo Lires, que era mi responsable político. Sacamos solicitadas e hicimos varias acciones con participación de intelectuales, como una carta que escribió Julio Cortázar. No voy a detallar lo que hicieron con ella, está en la causa ESMA toda esa información, y represores que la torturaron están con cadena perpetua“.

En diciembre de 1979, Daniel entró a Argentina con documento falso para participar de la Contraofensiva Estratégica. No lo hizo solo: entró con su pareja y también militante, Nora Hilb, junto a sus hijos y junto a dos parejas más de compañeros. Clandestino, su misión fue imprimir un libro, “Montoneros, el camino de la liberación”. Explica: “Era el primero de varios que teníamos en mente editar. Y lo alcanzamos a distribuir. También participé de pintadas en la calle con frases como ‘Resistir es Vencer’“.

Cabezas quería permanecer en el país, pero la vida encubierta fue ardua. “Tardamos bastante en conseguir trabajo, yo vendía libros y apenas juntábamos las monedas. Fue difícil tener una rutina normal como militantes en Argentina, los cuidados eran extremos”. El 21 de agosto de 1980 lo detuvieron en la puerta de su casa. Cuando lo hicieron entrar, a su mujer la tenían amordazada.

“Me preguntaron por nombres de compañeros, como los de Graciela Álvarez, de Alfredo Lires, los militares hasta conocían sus apodos. Primero nos llevaron a una comisaría. Me pegaban con las manos abiertas en los oídos o puñetazos en el estómago para no dejarme marcas ante la revisión del médico de policía”.

Vivió un largo periplo en distintos lugares de detención hasta que lo llevaron a Campo de Mayo. “Pensé que me iban a matar. Escuchaba el canto de los grillos, sentía el pasto húmedo en los pies. Las torturas continuaron”.

Un oficial estaba a su cuidado. Le explicó cómo podía suicidarse con un filtro de cigarrillo. “Me había dicho: ‘estoy acá para que no te suicides’ y después agarró el filtro y me dijo que lo podía convertir en un filo para cortarme las venas. Nosotros estábamos preparados para saber qué decir y qué hacer si es que quedábamos detenidos”.

Al poco tiempo lo llevaron a la cárcel de Devoto, luego a Caseros, a Rawson y finalmente lo regresaron a Devoto, donde salió en libertad en 1984. Nunca pudo reconocer los rostros de sus captores, que solían andar de civil y no de uniforme. “Nombraban a mi madre, le decían ‘la vieja’. O sea que sabían que estaba detenida en la ESMA”.

Hubo un episodio extraordinario. Thelma Jara de Cabezas acumula en la pesada mochila de su vida una piedra más: la tergiversación que pretendieron hacer de su historia. Una historia donde la patota de marinos de la ESMA recibió la colaboración de la editorial Atlántida con un objetivo claro: hacerla pasar en una entrevista falsa de la revista “Para Ti” como una madre de Plaza de Mayo arrepentida. Y además, una madre que estaba en libertad, cuando la mantenían secuestrada en el principal centro clandestino de la Armada. El artículo periodístico fue publicado el 10 de septiembre de 1979 titulado como “Habla la madre de un subversivo muerto”, en los días que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitaba el país tras las denuncias en el exilio por los crímenes de la dictadura. Thelma fue liberada en diciembre de ese mismo año.

-¿Ustedes se esperaban el accionar represivo del Ejército? -pregunta un abogado querellante.

Sabíamos que los milicos querían sacarnos la información por medio de la tortura. Y ahora, después de tantos juicios, sabemos el cuadro completo: tortura, robo, asesinato, violación. Este grupo de militares que operó sobre Montoneros además debe ser juzgado como traición a la patria, porque no respondían a la nación sino al servicio de un plan económico que venía de Inglaterra y Estados Unidos. Es decir, eran serviles al imperio de turno.

Cabezas confiesa que pidió instrucción militar, pero que la organización se lo impidió. Su rol se limitaba exclusivamente a la propaganda y agitación.

-Yo estaba en el escalón más bajo, pero el compromiso de todos era el mismo. Tenía admiración por los cuadros de Montoneros, un tiempo conocí de cerca a Silvia Tolchinsky, a la cual admiraba profundamente, le mataron a su pareja y siguió luchando.

Según el testigo, hubo una “profunda convicción” de los militantes de base para sumarse a las acciones de la Contraofensiva en Argentina.

Nadie nos obligó. Montoneros era nuestra vida y nuestra familia –dice, en tono seco, y los aplausos de la sala le dan un cierre a su extenso testimonio-.