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Nos enseñan a comportarnos bien, a ser obedientes, responsables y ordenados. Pero ¿son estas realmente virtudes que debamos sostener durante toda la vida? Desde hace un tiempo, este tema ocupa a varios psicólogos que tratan de comprender qué son, de dónde provienen y para qué nos sirven estas conductas socialmente aceptadas y catalogadas como “virtuosas”.

La naturaleza humana y los patrones sociales van moldeando los rasgos de nuestra personalidad, nos convierten en las personas que somos, y nos permiten ingresar al ámbito de pertenencia y vincularnos. Por eso, solemos definirnos sobre la base de ciertas cualidades y defectos que nos aportan un grado de singularidad y previsibilidad.

Como un tatuaje imborrable, asumimos que somos “responsables”, “sinceros”, “perfeccionistas”, casi como si fueran características de nuestra fisonomía. Sin embargo, esas virtudes que anteponemos como valores sagrados e invariables, muchas veces no son lo que parecen. Es recomendable reanalizarlas periódicamente y preguntarnos: ¿seguimos siendo así de verdad? Y además, ¿queremos seguir manteniéndonos de esta forma?

El psicólogo estadounidense Scott Lilienfeld es uno de los especialistas que desarrolló el test de PPI (Psychopathic Personality Inventory o –en español– Inventario de Personalidad Psicopática), una herramienta para analizar la personalidad y revisar ciertos rasgos de la conducta. A raíz de sus estudios, señaló la importancia de revalorar aquello que naturalmente catalogamos como virtudes par detectar cuando estas se transforman en un vicio.

“Hay una dimensión de la virtud que puede convertirse en un problema. La organización se convierte en obsesión, la bondad en sumisión, la calma en pasividad, la audacia en atrevimiento, la confianza en arrogancia, la precaución en paranoia…”, y así podríamos continuar revisando dentro de cada uno.

¿Qué virtudes son realmente constructivas? ¿Cuáles de ellas te protegen y colaboran positivamente con tu entorno?

Probablemente, hay virtudes que funcionaron muy bien en el pasado, pero que hoy deberíamos repensar. Porque vivir sin cuestionarnos puede ser autodestructivo. Por ejemplo, obsesionarnos con la excelencia pudo habernos servido en una etapa inicial de la vida, durante la etapa escolar, para obtener buenas notas; pero si esta actitud es una constante, puede convertirnos en personas rígidas, perfeccionistas, esclavos de nuestra intolerancia al fracaso, o fóbicos ante los traspiés que indefectiblemente nos pone por delante la vida.

Por supuesto que no se trata de desestimar nuestros rasgos “positivos”, sino de ser capaces de reevaluarlos y recontextualizarlos, para saber si aún tenemos motivos para enorgullecernos o si necesitamos desactivarlos por un tiempo. Buscar las causas por las que esas virtudes están allí nos permitirá pensar: “¿Son aún bienvenidas o deseo cambiarlas? ¿Para qué me están sirviendo actualmente estas características de mi personalidad?”. Nunca debemos asumir que una virtud que nos sirvió en el pasado sigue vigente. Por el contrario, puede haberse convertido en un factor limitante.

Cambiar implica un riesgo, pero mantenernos presos dentro de nuestra “zona de confort” inhibe nuestro potencial creativo y nuestra posibilidad de sentirnos plenos y realmente felices. Innovar demanda una dosis de error. Tanto las personas, como los grupos y las empresas solo alcanzan el éxito si se animan al cambio. De lo contrario, permanecen alineadas a lo estándar, a lo esperado o a lo previsible, sin sobresalir, sino solamente sobreviviendo. La excelencia aparecerá como resultado si dejamos de obsesionarnos con ella durante el proceso.

Pero, para avanzar, a veces es necesario dejar a un lado lo que consideramos cualidades personales, y desarrollar otra clase de impulso propio. Lo que en el contexto familiar genera buenos vínculos, puede que en otros terrenos no sea un recurso tan fructífero. Así, la vida nos enfrenta a situaciones en las que debemos desarrollar variables, ponernos a prueba y animarnos a experimentar nuevas estrategias. Quizás llegó la hora de dejar de ser un “buen chico” y encontrar el balance entre el afuera y el adentro, entre el ayer y el hoy. Es una cuestión de autoconocimiento y de asumir estrategias de supervivencia inteligentes.

La idea es que necesitamos saber qué es lo más importante, qué temas nos preocupan, qué habilidades desearíamos tener, qué hábitos necesitaríamos cambiar. Después de todo, si hay una virtud verdaderamente importante en la vida, es la agilidad mental y la capacidad de adaptación al cambio.
Despertarnos a lo nuevo, aunque esto no sea algo frecuente. En vez de buscar la aprobación afuera, encontrarla en nosotros mismos. Así como el entorno cambia, las personas también lo hacemos. Y lo que antes nos definía, hoy puede que ya no nos identifique. Es tiempo de revisar los matices que podemos aportar a nuestra personalidad si queremos ir por más.