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Según el Indec el salario promedio (considerando a los trabajadores registrados como a los que están en negro) aumentó en 2018 un 29,7%, en comparación con una inflación del 47,6% arroja una pérdida de poder adquisitivo superior al 12%. Pero los técnicos de que asesoran al ministro Nicolás Dujovne confían en que con el cierre de las primeras paritarias y la desaceleración de la inflación esa brecha negativa comenzará a recortarse.

Sin embargo, ni el proceso se ha detenido, y si la situación se plantea como una puja entre precios y salarios el ingreso real del trabajador promedio está siendo derrotado catastróficamente.

Nuevamente, de acuerdo a los últimos datos disponibles del Indec, entre setiembre de 2018 y febrero 2019 el salario promedio de la economía subió nominalmente 17,8%, mientras que los precios al consumidor se incrementaron 26,9%, lo que implica una pérdida de poder adquisitivo de 7,2%; en tan sólo 6 meses.

Peor aún. Lo más probable es que cuando el 30 de mayo el Indec de a conocer el nivel salarial de marzo, se observe que el deterioro en términos reales se habrá profundizado, por la sencilla razón de que ese mes la inflación trepó al 4,7%. Y lo mismo sucedería con los datos de abril, ya que a pesar de que la inflación retrocedió a 3,4%, el número difícilmente haya sido alcanzado por el salario.

Lo importante no es lo que sostiene Nicolás Dujovne y su entorno. No cabe duda de que el ministro de Hacienda conoce todos esos datos al detalle, por eso no es tan relevante lo que piensa, como que el salario se ha derrumbado como pocas veces en la historia argentina, que eso se traduce en angustia para la inmensa mayoría de la población, y que determina un serio limitante a una eventual salida de la larga recesión que arrastra la economía, teniendo en cuenta que el consumo representa dos terceras parte del motor de la demanda agregada.

Puede ser, como pronostican en Hacienda, que en los meses venideros se asista a una recuperación del salario real, a medida que cierren las paritarias y si la inflación consolida una tendencia decreciente. Pero dada la caída acumulada, el ruido político reinante, y el efecto de tasas de interés reales muy altas, ese eventual incremento de los ingresos puede no destinarse a mayor consumo en las proporciones de tiempos normales, sino que se incline más al ahorro que lo habitual.

Deterioro del consumo interno

Uno de los aspectos notables de esa “eficacia”, es que el superávit fiscal antes del pago de intereses se está logrando gracias a que los ingresos suben más que los gastos, a pesar de que ambos están cayendo en términos reales. Es decir que suben bastante por debajo de la inflación: tanto los recursos totales como los tributarios crecieron unos 10 puntos porcentuales menos que los precios.

Lo que sucede es que el recorte de gastos es draconiano. En abril el gasto primario total aumentó 36% respecto a igual mes del año pasado, casi 20 puntos porcentuales menos que la inflación que hubo en ese período. Y en cuanto al primer cuatrimestre, la caída en términos reales fue aún mayor ya que el gasto nominal subió menos aún: 32,2 por ciento.

Las filosas tijeras del ministro no cortan homogéneamente. Tomando los números del cuatrimestre, las jubilaciones y pensiones, que son la principal partida del gasto total con una incidencia de casi la mitad, sufrió una poda similar a la que ya se vio en el salario: aumentaron 32,4% contra una inflación del orden del 50 por ciento.

Los únicos dos grandes rubros que aumentaron en términos reales fueron la Asignación Universal para Protección Social, que tuvo un refuerzo extra, los subsidios a las tarifas por el impacto de la devaluación, y el gasto de capital en el área de transporte (67,2% interanual).

Pese a esta última cifra, el gasto total en capital, es decir la inversión pública, fue la que más sintió el guadañazo, con un aumento en el cuatrimestre de tan solo 21,8% en comparación con igual período del año pasado, o sea inferior a la mitad de lo que se encarecieron los costos.

Y dentro de los gastos de capital, hubo partidas que no sólo no cubrieron la inflación sino que directamente bajaron en términos nominales: Vivienda cayó 5,8% y Educación un impresionante 32,3%. Si el futuro del país depende de cuánto se invierte y de la educación de su gente, estos datos no auguran nada demasiado bueno.

En semejante contexto, no faltan economistas, empresarios y políticos que machacan con la necesidad de bajar impuestos, como si la recaudación estuviera floreciente y no marchita. Ayer fue el turno de Elisa Carrió, que afirmó que si el Gobierno le baja impuestos a la clase media sacan el 45% de votos y ganan en primera vuelta.