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Matías Núñez, en su encuentro con Teleshow
“No sé expresarme muy bien porque es mi primera vez en cámara, pero… Perdón, estoy nervioso”. Matías Núñez acerca un relato tan conmovedor que, frente un ejemplo de lucha semejante, lo exime de emplear cualquier palabra de manera incorrecta. Eso no es lo importante.
La vida de Matías siempre estuvo llena de obstáculos, pero nunca se rindió. Todos los días vende roscas de Pascuas, churros y donas en Florencio Varela, que cocina él mismo cuando se levanta, a las cuatro de la mañana. Con eso logra que su familia (mujer y dos hijas) puedan tener todo lo que necesitan. Pero su sueño es la música.
Así fue como, de tanto proyectarse en un escenario, le llegó una propuesta para ser el cantante de una banda. Se probó y quedó: a solo un mes de haberse incorporado, Cumbia Parcera ya tiene más de 30 mil seguidores en las redes sociales. Y un futuro auspicioso. Aunque para eso, Matías tuvo que dejar mucho en ese pasado lleno de dificultades, y que tiene tan presente. Aquí, su historia.
“Bésame”, de Cumbia Parcera
—Me levanto a las cuatro y media de la mañana para vender café para la gente que se va a tomar el tren o el colectivo; también hago sandwichitos de miga. Después vengo a casa, repaso un poquito de los temas de música que estamos haciendo. Y después hago el turno de los chicos que salen del colegio, de cuatro y media a siete de la tarde, más o menos.
—Antes jugabas al fútbol.
—Sí, sí, estuve jugando en River a los 14 años. Me dejaron libre a los 16 años y tuve la oportunidad de viajar a Chile.
—¿Por qué no seguiste con el fútbol?
—Tampoco nos daba el tema de la plata… El papá de un amigo era mi representante y tenía que quedarme más meses allá, pero cuando pasó lo del terremoto (en Santiago de Chile) me tuve que venir para acá. Y tuve que dejar porque tenía que acompañar a mi mamá al médico: era llevarla al médico o jugar a la pelota. Los técnicos no te creen porque piensan que salís de joda, que andás noviando, trasnochando; hasta que una vez mi técnico me vio con mi mamá en el tren y me dijo: “Núñez, ¿sabés que me equivoqué…? Venite al equipo otra vez, te reintegramos”. Hasta ahí fue bien, pero después cambiaron de técnico y nos dejaron libres a todos. Y ahí dije: “Ya está”. Cuando iba a entrenar y cuando volvía vendía CDs en el colectivo para comprar los botines, las medias, las canilleras. Era complicada la cosa.
—A mi mamá le agarra otro ACV, y ahí es un laburo. Dijeron: “Es esto o la familia”, y uno siempre elige la familia… Aparte, de chico a mi mamá no la tuve.
—A mis cinco años se separaron mis papás y a los 13 volví otra vez a Buenos Aires. Ahí volvimos a compartir un montón de cosas con ella, y después de todo esto le agarró el ACV. ¿Y yo iba a soltarle la mano? Yo podía estar en el club jugando a la pelota y entrenando, pero mi cabeza iba a estar en el hospital. Es como cantar una canción sobre algo que no estás sintiendo, y es difícil en tu cabeza; bueno, a mí me pasaba eso.
—Pero si bien fue por la salud de tu mamá, habrá sido difícil hacer a un lado ese sueño de jugar al fútbol.
—Sí, me chocó mucho. Pero tuve que dejarlo porque no tenía el apoyo: era trabajar, ir a entrenar y llevar el mango a mi casa; yo ya tenía a Lola, mi primera nena, y era mi mamá, la pelota y los pañales de mi hija. Y no puedo estar haciéndome como el que no veo la necesidad, si la estoy viendo. Entonces corrí todo eso a un costado y apunté a la música. Pero tampoco veía mucho futuro porque había mucha gente que me decía: “Esto no es para vos, dedicate a trabajar que tenés familia, estás grande para esto”. Eso también me la bajaba.
—Fuiste papá a los 18 años.
—Sí, algo que no esperaba. Jugaba en Defensa y Justicia, entrenaba de 7 de la mañana a 11. A las 12 entraba a la construcción con mi cuñado hasta las 6 de la tarde, y tenía que ir del laburo en bicicleta hasta casa. Era desgastador, y no rendía lo que tenía que rendir. También tenía el peso de la nena que estaba por nacer, que había que comprarle una cuna y pañales. Era algo muy complicado, era mucha carga para mí. Por un lado estaba feliz de lo que estaba viviendo y por otro lado era mucha responsabilidad.
—¿Te alcanzaba en ese momento el dinero para cubrir los gastos de tu familia?
—Alquilábamos una casa que era una piecita, un baño y nada más, pero gracias a Dios empezaron a venir cosas buenas. Ojo que todos tenemos problemas, no es que la vida es feliz. Nació mi hija. Vivo con mi señora; convivimos y había que buscar el mango, había que buscar algo más cómodo para la bebé, agua caliente para ella. O sea, calentábamos para bañar a la bebé; era algo que yo no había pasado de chico y no quería implementarlo en mi hija.
—¿Qué pasó en tu infancia?
—No tenía el amor de mi vieja de chico. Y mi papá trabajaba todo el día en la cárcel, estaba 24 horas encerrado ahí, haciendo su trabajo para que no nos falte nada a nosotros.
—¿En algún momento llegaste a no tener nada para comer?
—Sí. Por eso me enojo mucho en casa cuando no quieren comer la comida. Antes de como siempre agradezco que tengo el pan de cada día y les enseño a mis nenas que tienen que agradecer porque en la calle hay mucha gente que pasa necesidad. Y yo la pasé. Hoy en día los chicos quieren comer papas fritas, milanesas, entonces tratamos de darle lo que les hace bien al cuerpo: frutas, verduras, cosas hervidas o a la plancha, sin tanto frito.
—¿Te considerás un sobreviviente?
—Sí, la verdad que sí. No me la creo porque soy un ser humano como todos, pero con todo lo pasé aprendí que el que triunfa las tiene que pasar. Yo no puedo estar malgastando la guita porque yo ya pasé hambre, ¿entendés?
—¿De qué te sentís orgulloso?
—Le doy gracias a Dios el haber pasado todo esto para ser hoy en día quién soy, de lo contrario sería trabajar, volver a casa; llegar el fin de semana, joda. Trabajar el lunes, no tengo ni un peso. Llega el viernes: joda, droga, mujeres, alcohol. Es lo que hoy en día te brinda el mundo. Queda feo, pero yo creo que estar fumando marihuana y estar tomando, y después tener que ir al otro día a poner la cara, la gente te ve… Aparte, tengo nenes, tengo familia, ¿qué futuro le puedo dar a mis hijas si yo estoy haciendo eso? Entonces, decidí correr todo a un costado y apuntar a mi meta: mi sueño es el día de mañana tener una casa. Pagamos 7 mil pesos de alquiler y es duro; como está hoy el país es complicadísimo. Tengo que estar poniéndole un poquito de onda, andar sondeando para poder vender la mercadería y llegar a fin de mes.
—¿No hay un momento en el que la mente te juega en contra y decís: “No voy a poder, estoy cansado”?
—¿Y qué te motiva? ¿Cómo salís de ahí?
—Me motiva cuando me levanto y veo a mis nenas. Las veo, y veo que falta. Me pasó hace muy poco que a mi hija le robaron la mochila de un locker de un mercado. Lo reclamamos pero no se devolvió nada.
—¿Tuviste que comprarle todo de nuevo?
—Se tuvo que volver a juntar la plata otra vez, rosquita por rosquita, pan casero, para las zapatillas, la mochila, los útiles, porque viste que piden libros, piden muchas cosas. Y era la misma necesidad de abrir la heladera y no ver una leche, que mi hija me esté pidiendo: “Pá, ¿me hacés la leche?”, y no tener té para darle. Eso ya no quiero volver a pasarlo. Y gracias a las rosquitas, tienen leche todos los días. Y tienen las zapatillas. No la mando en un colectivo escolar porque todavía no tengo, pero me encantaría poder mandarla en un futuro. Y a un colegio privado para su carrera, para el día de mañana, poder darle todo lo que yo no tuve.




