Comparte!

Ropa muy holgada de colores fosforescentes, pelo teñido de blanco o violeta. Párpados caídos, como si no pudiera sostener el aburrimiento. Así se muestra Billie Eilish, de 17 años, en una foto promedio de su Instagram, red social en la que cuenta con casi 19 millones de seguidores.

Con un estilo distinto, segura de sí misma, Eilish se convirtió en modelo de referencia para toda una generación de adolescentes que no solo escuchan sus canciones con devoción, sino que replican su estética y hacen propias sus letras, que en muchos casos visibilizan preocupaciones colectivas.

También la nombró Martita Fort, cuando fue consultada por algún referente del mundo de la moda. “Me gusta el look de Billie Eilish”, respondió sin dudar la joven, en una entrevista con la revista Gente.

“El ídolo adolescente empieza en los 90 con bandas como Backstreet Boys o NSYNC. Lo que caracteriza al ídolo adolescente, a diferencia del ídolo adulto, es sobre todo que implica la proyección de una especie de yo ideal: el ídolo adolescente es el que logra estar por fuera del conflicto parental, es la representación de un joven que no tendría que aguantar la presión de los padres, encarna una fantasía de orfandad”, explica a Infobae Luciano Lutereau, psicoanalista y escritor, autor de Esos raros adolescentes nuevos. Narcisistas, desafiantes, hiperconectados (Paidós, 2019)

Desde el principio, Eilish conectó con su propia generación, llamada centennial o generación Z, aquella que según el centro Pew Research comprende a los nacidos después de 1997 y hasta mediados de la década del 2000. Su carrera empezó a los 14 años, al lanzar su primer single, Ocean eyes. La canción fue grabada en SoundCloud y estaba destinada a ser escuchada por la profesora de danza, pero se hizo viral y tuvo millones de reproducciones. A partir de entonces comenzó a crecer la estética Eilish, convertida hoy en huella inconfundible y replicada por muchos, inclusive en la Argentina: además de los párpados caídos y ropa muy holgada, sus fotos y videoclips reflejan temas generacionales, como la pansexualidad y la salud mental.

“Es linda, tiene simpatía y canta increíble, no intenta ser nadie más que ella aunque ser ella no le agrade tanto”, explica a Infobae Eugenia, de 17 años, fanática local de Billie Eilish, y agrega: “También habría que reconocer que estamos en un momento en que las enfermedades mentales o trastornos no sólo dejaron de ser tabú sino que también se normalizaron. Claro, muchos las tienen y otros no, y creen que es cool. Y ella dice abiertamente lo deprimida que está y cuánto quiere morirse, hasta hizo una canción que es explícitamente una carta de suicidio“.

De hecho, la salud mental es uno de los tópicos más llamativos en las letras de Eilish. En Bury a Friend, canción dedicada a los monstruos que viven bajo la cama, se escucha: “Qué quieres de mí / por qué no huyes de mí / por qué no me temes / por qué no te vas”. El monstruo bajo la cama puede ser producto de una pesadilla de infancia, pero puede funcionar también como metáfora del diálogo con los propios fantasmas. “I wanna end me” (“quiero terminarme”) concluye la canción, en un final que algunos interpretaron como una referencia al suicidio. Al margen de su carácter particular y estético, la innegable oscuridad del videoclip de la canción da en la tecla.

Uno de los impactantes videos de Billie Eilish

En una encuesta realizada por Pew Research en Estados Unidos, el 70% de los adolescentes consultados reconoció que la ansiedad y la depresión eran “un problema mayor” en las personas de su rango etario, un 20% más que las drogas (51%) y el alcohol (45%). A lo largo del tiempo, las cifras van en aumento: en 2016, el 12,8% de los jóvenes estadounidenses sufrió depresión severa, contra un 8% registrado en 2010.

El rol que ocupa el tratamiento de temas sensibles en letras musicales es complejo, más si se trata de jóvenes y adolescentes. Lo refleja un testimonio de la propia Eilish: cuando le preguntaron si era consciente de que sus letras abordan temas que podrían “no ayudar” a quienes están atravesando problemas psicológicos, ella contestó: “Quiero que todos sepan que estoy al tanto de su sufrimiento, mi arte es una forma de darles un abrazo y que sea tomado como consuelo. Sé que mi música, tan depresiva como es, podría parecer que no ayuda a la gente con problemas, pero pregúntenle a las chicas que me vienen a ver a los shows si mi música no las ayuda”.

Cande Tinelli, una de las seguidoras argentinas de la artista estadounidense

“Los adolescentes de ahora se preocupan mucho más por la salud mental que en otros tiempos”, explica Lutereau y agrega: “Sobre todo en función de que evalúan la calidad de sus vínculos. Al estar más informados hoy en día, también son mucho más conscientes y atentos a considerar si están en vínculos sanos, se interrogan mucho más la vincularidad de las relaciones sociales”.

“¡Billie!, ¡Billie!”, canta la multitud de adolescentes frente al escenario donde se espera que aparezca la cantante, formando una voz colectiva todavía no alcanzada por el cambio hormonal. “¡I love you!” (“te amo”) grita una chica con todas su fuerzas, frase que queda a mitad de camino por la fluctuación de una voz todavía en etapa formativa. Las cámaras de los cientos de celulares ya están filmando, en algunas pantallas se ven los filtros de Snapchat, las historias de Instagram, que acechan para registrar el suceso. “Si no se registró en redes sociales, no pasó”, reza una frase que a fuerza de repetición tiene todo para convertirse en refrán.

La actividad en redes sociales desde edad temprana es otra de las características de la generación centennial. Discusiones, cyberbulling, escraches y difusión de información privada pasaron a ser cuestiones con las que cualquier adolescente contemporáneo tendrá que lidiar tarde o temprano.

En este sentido, las redes sociales son un buen termómetro para medir el nivel de sensibilidad hacia problemas de ansiedad, depresión, y también otros muy frecuentes en jóvenes y adolescentes como la autopercepción de la imagen corporal.

Para Lutereau, hay un vínculo claro entre nuevas tecnologías y ansiedad: “Hoy en día se suele preferir mostrarse como deseante en una imagen que realizar el deseo. Este aferramiento a la imagen del deseo antes que al deseo mismo conlleva el aumento de grandes niveles de ansiedad, ya que todo el tiempo se espera la respuesta del otro, que debería ser inmediata”. Dicha ansiedad, explica el especialista, lleva a la búsqueda de una sustitución: si no es él, que sea otro.

La diatriba, así como la parodia, son géneros que pueden tener alguna utilidad. En los numerosos videos que pululan en Youtube, miles de usuarios descargan su furia contra Billie Eilish, otros hacen parodias con sus rasgos más representativos. Uno de los comentarios con más likes dice: “Billie Eyelash (que significa pestaña pero también micción) es básicamente el equivalente musical de una depresiva autodiagnosticada de Tumblr”. Pese a su potencial ofensivo, el comentario es elocuente sobre la imagen social que proyecta la artista. Los videos de Eilish suelen ser sombríos y comparten la estética de película de terror: sangre que sale de los ojos, tarántulas en la cabeza.

Hay quienes la acusan de banalizar la depresión, o bien de convertirla en algo cool. La crítica no es del todo infundada: la capacidad de Eilish de darle espesor estético a todo lo que pasa por sus manos redunda, tarde o temprano, en que su manera de mostrarse con aspecto sombrío y manifestar abiertamente sus conflictos internos se convierta en una tendencia dominante.

Sin embargo, la moneda siempre tiene otra cara. Siguiendo la pista de las preocupaciones generacionales que se reflejan en Billie Eilish, en su último corte hay una canción que se llama xanny. Refiere al xanax, una droga ansiolítica de moda entre jóvenes y famosos del hip hop, como Kristello y Lil Peep, el rapero que murió a los 19 años por una sobredosis de xanax.

Al contrario de lo que se podría pensar de una estrella pop, en su creación Eilish logra consolidar la abstinencia como algo cool: “No necesito xanny para sentirme mejor / el conductor designado para llevarme a casa / debe ser alguien que no esté drogado”, canta.

En un mismo gesto, la artista puede pasar de banalizar la depresión a bajarse abiertamente del tren de la droga del momento. Puede hacer un videoclip en donde salen tarántulas de su boca pero en el que también se utilizan sonidos de turbina odontológica y caricaturas de muffins de manzana. En ese híbrido entre oscuridad y juego, Billie Eilish tiene tantas aristas y complejidades como la generación de la que es parte.